El apego a ciertas cosas o personas, puede anclarnos en un mismo lugar, en una misma situación que no nos beneficia. Frenamos nuestro crecimiento y desarrollo, a veces personal, otras profesional y, en ocasiones, ambas cosas.
¿Tenemos que dejar que el apego condicione nuestra vida?
La vida es movimiento, es cambio, y nos sumergimos en su vorágine, muchas veces sin sentido y sin consciencia.
Es cierto que tenemos que tener la capacidad de adaptación necesaria que los nuevos tiempos imponen. Pero también es cierto que debemos parar, hacer una pausa y aprovecharla para reflexionar, para entender y reconectar.
El período estival o periodos que nos permitan parar para reflexionar, puede ser una buena oportunidad para la introspección, para analizar y también para dejarnos sentir.
Las personas que nos dedicamos a interactuar con los demás, con nuestras charlas, ponencias o mentorías en organizaciones y diferentes entornos, nos valemos de la palabra para comunicar y transmitir conocimientos, para compartir recursos y herramientas.
Y cada palabra surge de la experiencia, de nuestra formación, del trabajo de introspección que realizamos y del que obtenemos un aprendizaje que traspasamos a las personas que acompañamos. Pero también es necesario hacer un trabajo de introspección que compartamos con nosotros mismos.
Por ello, son necesarias esas pausas, para aplicar esa introspección y reflexión a nuestras propias vidas, para preguntarnos si estamos viviendo en coherencia.
Y para responder a esa pregunta, tienes que ser consciente de cuándo tienes que decir «no». Y hacerlo desde la asertividad.
«Tenemos que ser conscientes de cuándo decir no y saber cómo hacerlo».
Una persona responsable, un buen líder, sea en su labor de padre o madre, emprendedor/a tiene que saber decir que no, y saber cuándo tiene que decirlo, algo que conlleva un importante y duro trabajo.
Estamos tomando decisiones constantemente, algunas más importantes o cruciales que otras, y que la propia vorágine de la vida nos impide, muchas veces, hacerlo con claridad, con calma, con consciencia o con coherencia. Ya sean decisiones personales como profesionales.
Hay decisiones más complicadas que dejamos para más adelante por falta de tiempo, de valentía, de concentración, de argumentos…, por apego, por miedo, por pena… Por esa pereza emocional que nos da mirarnos a nosotros mismos.
Pero posponer determinadas decisiones, por estos u otros motivos, cuando además, han generado un conflicto que arrastramos, solo aumenta la carga que soportamos.
«Posponer determinadas decisiones, que han generado un conflicto que arrastramos, solo aumenta la carga que soportamos».
Estos últimos meses, a mí me han permitido hacer esa parada necesaria, ese debate de coherencia que me ha servido para iniciar el cuaderno de esta nueva temporada con varias páginas en blanco, cargadas de sueños e ilusiones, tanto a nivel personal como profesional.
Y para dejar esas nuevas páginas, también he tenido que arrancar algunas estropeadas y con tachones, que ya no me aportaban valor, que no encajaban.
Debo reconocer que para mí ha sido complicado. Y duro. He tenido que tomar decisiones que, a pesar de que sabía que eran necesarias y que arrastraba desde hacía tiempo, había conseguido aparcar, con justificaciones como las que he mencionado («ahora no es el momento», «me da pena», «ya me he acostumbrado…»).
Quizás te suenen estas justificaciones, a las que recurres si sientes un gran apego por algo o por alguien. Por eso, considero necesario parar, hablarnos, entender y analizar la situación que estamos viviendo, para tomar las decisiones que, por muy duras o difíciles que sean, nos van a brindar nuevas oportunidades.
Quiero compartiros qué ha supuesto en mi vida tomar estas decisiones que me han liberado del apego.